Seleccionar página

Inicio

“La huida de Lacarna” –> CLIC

 

Prólogo

 

¿Llegarán a tiempo?

Es la pregunta que Lacarna, temerosa, se hacía una y otra vez. Algo en ella se negaba a renunciar a la esperanza. Su hijo era el único que sabía en qué parte de la montaña se hallaba el acceso que conducía a la puerta dimensional.

Su marido rogó que no se le informara de esto, de manera que, si era capturado, no podría revelar el emplazamiento de la puerta. Jamás se habría imaginado que se encontraría aquí, sola.

Le dolía la herida del brazo derecho. Ansiaba poder darse un baño caliente para desprenderse de la suciedad, de las costras de sangre, de su sangre mezclada con la de sus enemigos y de la guerra. Pero bañarse sería extremadamente peligroso estando tan agotada. Cuando dormía, el sueño la debilitaba aún más.

¡Ay, amor! ¡Cuánto te echo de menos! ¡Pedazo de cabezota! Hemos perdido la guerra. ¿Por qué te has arrastrado con nuestro hijo a esta batalla sin sentido? El orgullo de los elfos…

La congoja le retorcía el corazón, lo que la obligó a apoyarse en su espada mellada, casi roma, hasta que hubo sorteado el dolor psíquico. Era la misma hoja recta que desde hacía más de cien años le prestaba leal servicio.

Nerviosa, se pasó una mano por el cabello descuidado.

Menudo espectáculo voy a dar al otro lado de la puerta en estas condiciones.

La placa abollada del peto le presionaba el seno izquierdo y le causaba molestias. Anhelaba tanto no tener que llevar armadura, no estar siempre alerta. Pero lo que más anhelaba era dormir de un tirón, aunque sólo fuese una noche.

Lacarna agarró el escudo fracturado con más fuerza. Un trol casi la fulmina con una maza y, en ello, acertó en el escudo. No, ahora no es el momento de tener sueños dorados. Si Lunardiel y mi amado no aparecen aquí en cinco minutos, tendré que marcharme sola.

De repente se oye un ruido proveniente del tramo superior del camino. Como si un raspador de piedra pasara por la roca. La elfa dejó de respirar por instinto.

Podrían ser sus seres queridos, pero también un trol que le hubiese seguido la pista.

Al final tuvo que volver a respirar, porque ya no soportaba los pinchazos en los pulmones. Debe haberse confundido. Si no se duerme lo suficiente durante un periodo dilatado, incluso la elfa más sana empieza a escuchar ruidos, a ver unas cosas y a percibir otras que no existen. Ella llevaba ocho años sin apenas pegar ojo.

¿Qué me espera al otro lado?